La historia como base para la innovación en empresas familiares
En una de las charlas del Dubai Future Forum 2025 sobre The Legacy of Family Businesses, dos grandes empresas familiares —Toraya y KONE— compartieron cómo enfrentan los desafíos de la innovación y la adaptación en contextos de cambio acelerado.
A la conversación se sumó también el Dubai Center for Family Business, aportando una mirada institucional sobre la continuidad de los negocios familiares a lo largo de generaciones.
Uno de los temas más relevantes que atravesó toda la charla fue la presión generacional, un factor que va más allá de tomar decisiones de negocio. Conducir una empresa familiar implica cargar con una historia, con un legado recibido y con la responsabilidad de entregarlo, mejorado, a la siguiente generación.
En ese marco, los líderes dejan de ser meros propietarios y pasan a ser guardianes de algo que los trasciende.
Las empresas familiares no solo gestionan negocios. También gestionan historia.
Esa idea —la del liderazgo como custodia— conduce naturalmente a una pregunta clave: ¿Cómo se construye la visión de futuro a partir del legado?
Tradición, confianza e innovación
Lejos de mirar el pasado como un peso, las empresas familiares que logran perdurar entienden el legado como un punto de apoyo estratégico. Bajar el legado, hacerlo explícito y compartido es una práctica responsable que permite proteger y preservar la historia en función de proyectar futuro.
Esto obliga a detenerse en un concepto central: la tradición.
La historia, cuando está bien contada y comprendida, se convierte en una poderosa fuente de confianza. La tradición aporta identidad, reputación y continuidad. Clientes, colaboradores y comunidades suelen confiar en aquello que demuestra coherencia en el tiempo.
Ahora bien, esa misma tradición puede convertirse en una trampa si se la interpreta como algo rígido o intocable. En la charla, quedó claro que la innovación, en el contexto de las empresas familiares, forma parte de un proceso de evolución consciente.
Innovar es construir sobre aquello que existe y que nos fue entregado, respetando la herencia recibida y adaptándola a nuevos contextos.
Un ejemplo ilustrativo fue el de KONE. Allí, la tradición no se define por productos o tecnologías específicas —hacer ascensores más rápidos o más seguros— sino por un propósito más profundo: el flujo de personas. Esa definición del ADN permite que la empresa innove más allá de los ascensores sin perder identidad. La tradición, en este sentido, funciona como un orientador.
Tradición, visión y prosperidad: las caras de una misma moneda
De fondo, aparece una tensión inevitable. La tradición genera una base de confianza, pero también impone la carga de la responsabilidad de mejorar lo recibido.
Además de conservar, la misión de quien está liderando es entregar algo mejor a quien le suceda. Esa presión es, al mismo tiempo, un motor de prosperidad. Sin innovación no hay crecimiento; sin crecimiento, la continuidad se vuelve frágil.
En este punto, es posible identificar tres conceptos que funcionan como las caras de una misma moneda —reflexión que se me vino a la cabeza mientras se desarrollaba la charla—:
La tradición, que establece las bases.
La visión, que permite proyectar continuidad.
La prosperidad, el “grosor” de la moneda, que refleja qué tan bien se logran equilibrar la tradición y la visión.
Si una de estas dimensiones domina por completo, el sistema se desequilibra. La tradición no debe definirlo todo, como tampoco lo debe hacer una visión desconectada del presente y el pasado.
Las empresas familiares, por su propia naturaleza, operan con una perspectiva de largo plazo. Piensan en décadas en vez de hacerlo en trimestres. Por eso, el pensamiento anticipatorio —la observación de tendencias, la construcción de escenarios, la preparación para futuros posibles— debería integrarse de manera orgánica. Pasado, presente y futuro conviven permanentemente en su narrativa.
Contar la historia para construir futuro
Al finalizar la charla, tuve la oportunidad de conversar con Jussi Herlin de KONE, y con Mitsuharu Kurokawa de Toraya Confectionery. La pregunta para ambos fue directa:
¿Cómo se transmiten ideas, aprendizajes y legado a la siguiente generación?
La respuesta fue coincidente. La transmisión no puede ser forzada. La transmisión del legado —la responsabilidad del legado, incluido— es algo que se construye en el tiempo, en la convivencia y en la práctica cotidiana. Entonces, no se trata de obligar a las nuevas generaciones a involucrarse, sino de generar las condiciones para que quieran hacerlo.
Y aquí me aventuro a una conclusión central: saber contar la historia importa.
Contar bien la historia genera involucramiento, da sentido, ordena e inspira. Y una empresa familiar que no ordena su legado deja su futuro librado al azar.
En este contexto —y mirado desde lo que hacemos en Activo Editorial, acompañar a contar historias— el libro emerge como una herramienta estratégica. Un libro permite bajar el legado, ordenar la identidad colectiva, proteger la tradición y, al mismo tiempo, habilitar la innovación sin ruptura.
El libro da un marco desde el cual evolucionar. Ordena visión, valores, decisiones y relato compartido. Funciona como referencia común entre generaciones.
Cuando la historia está clara, lo que sucede hoy inspira, alinea y construye futuro. Y eso, en última instancia, es uno de los activos más valiosos que una empresa familiar puede dejar a las generaciones que siguen.
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